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Jace Hickman

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Jace Hickman

Mensaje por Jace Hickman el Dom Jul 11, 2010 8:37 pm

Información Básica

Nombres Completo: John Christopher Hickman. Su actual apodo autoimpuesto es Jace, sus iniciales.

Edad: 20 años.

Nacionalidad:Ruso.

Ocupación: No se dedica a nada, lo que necesita, lo roba. También fue a su casa en una ocasión a coger cosas que necesitaba, y abundante dinero.

Raza: Caza vampiros

Orientación sexual: Heterosexual

Descripción del personaje

Descripción física:

En sus mejores tiempos se trataba de un apuesto muchacho de cabello engominado, pajarita, traje, y zapatos relucientes. De sonrisa fácil y rostro agradable y afable. Tez morena y bronceada. Ojos dorados siempre brillantes y soñadores. Su aspecto proclamaba que podías confiar en él y recurrir a John si tenías algún problema.

Sin embargo, lo que le ocurrió se nota bastante en su aspecto. Su cabello creció, y ahora cae suelto, rebelde, despeinado y enmarañado desde su cabeza, en ocasiones tapándole los ojos. Éstos, del mismo extraño y hermoso tono dorado, ahora reflejan una mirada dura, seria, mordaz. Si le ves, lo primero que pensarás es que es un tipo problemático del que lo más sensato sería huir. Su mirada y su habitual sonrisa torcida demuestran ironía, burla, cinismo y seguridad en sí mismo. El de Jace (y no John, ya no) es el rostro del cazador, no el de la presa. Siempre viste ropas oscuras, sobrias, y poco llamativas, aunque elegantes. Todos los movimientos de Jace son silenciosos, sigilosos, cautos, elegantes, y absolutamente engreídos.

Descripción psicológica:

Antes era un joven alegre, tímido en ocasiones, que siempre pensaba en los demás antes que en sí mismo. Una gran persona, con una gran alma. Era una oveja más idéntica al resto, responsable y maduro, preparado para afrontar lo que la vida pedía para él: casarse, engendrar hijos, mantener a su familia con un honrado trabajo.

Pero también cambió su carácter lo que vivió. Se ha vuelto engreído, irónico, de aspecto y actos chulescos. Insolente, indomable, atrevido, muy creído y seguro de sí mismo. Pero todo esto se trata de una máscara, no es más que una tapadera con la que se oculta y esconde sus sentimientos a los demás. ¿Por qué? Porque mostrarle a la gente todo lo que has sufrido te hace parecer débil, al menos para ti mismo. Porque dejar que los demás penetren en tu pasado te hace sentir inseguro, puesto que el dolor construye un refugio dentro de tu mente que es sólo para ti. Y porque duele, duele mucho.
Paradójicamente, también se ha convertido en alguien con algunos aspectos que él mismo odia suyos. La lección que aprendió es que amar es destruir, y ser amado es ser destruido, porque los sentimientos te hacen débil, y vulnerable. ¿El amor? Mero placer sexual.

Vida

Historia:

Hay gente que dice que la vida es fácil, que es un regalo, que la vida es justa. Gente que cree en el karma, en la suerte, en el destino. Gente que cree que todo lo que das, te es devuelto; y que debes devolver lo que se te ha dado.

Pero, creedme, no son más que patrañas. Esos estúpidos no son más que gente que intenta auto engañarse y poner fin a sus problemas, solucionar su vida, con esas burdas imbecilidades.

Yo nunca he sido un tipo de fe, ni alguien supersticioso. Os puedo asegurar que durante mi corta vida he oído todo tipo de rumores y viejas leyendas para no dormir. Y nunca les hice el más mínimo caso. Pero, desgraciadamente, muchos de ellos resultaron ser ciertos.

Mi padre, Walter Hickman, era norteamericano, de Washington. Un gran tipo, siempre lo he admirado por su inteligencia, coraje, y habilidad para afrontar los temas y situaciones de la vida. Mi madre era rusa, una belleza, cuatro años más joven que mi padre. Se llamaba Ofelia. Ambos estaban completamente enamorados, y yo fui el primer fruto de su amor. Se conocieron cuando mi padre viajaba, por placer, a Rusia. Nunca regresó. Al poco tiempo se casaron, y apenas año y medio después, nací yo. Mi padre se empeñó en que llevase un nombre inglés; pero después le dejó a mi madre escoger un nombre ruso para mi hermana, cinco años menor que yo. La llamaron Natalia.

Podría decirse que éramos una familia feliz. Por supuesto, teníamos nuestras disputas. Como todos los hermanos, Natalia y yo nos lanzábamos pullas, pero estábamos profundamente unidos. Yo tenía un fuerte instinto protector para con mi hermana. Doce años después de su nacimiento, ella se había convertido en un capullo de rosa que prometía florecer y dar lugar a una bellísima y delicada flor. Natalia era una preciosidad, una muñeca hecha realidad. Yo era un apuesto muchacho de cabellos dorados, de ojos soñadores y brillantes, y de diecisiete años que dentro de poco se tendría que desposar con alguna joven mujer.

Pero, al igual que en la antigua Grecia, las vidas hermosas siempre acaban en tragedia. Éramos una familia adinerada, y culta. Nos gustaba la buena lectura, ir al teatro, tomar buena comida y vestir caras prendas. En aquella ocasión salíamos de la ópera. Habíamos asistido a la última función, ya que nos habíamos retrasado comprando un vestido para mi hermana, y cuando la obra finalizó era de noche. Nuestro cochero no estaba, ya que le habíamos mandado salir a buscarnos a la otra hora prevista, por lo que debía de haber vuelto a casa. Estúpido. Por su culpa tuvimos que volver andando. ¿O era culpa de mi madre, por comprar el vestido a mi hermana? ¿O de Natalia, por antojársele aquella hermosa prenda? Tal vez la culpa era de mi padre, por ganar el dinero con que la pagaron. O quizás debería culparme a mí, por no haber protegido a mi familia de aquellas criaturas de pesadilla.

El caso era que, al cruzar una esquina, nos adentramos en un oscuro callejón. Al principio no supimos lo que eran, pero más tarde nos vimos obligados a entender que se trataba de una disputa entre vampiros. Vampiros. Al vernos, se echaron sobre nosotros y nos inmovilizaron. Yo pataleé, mordí, y arañé por intentar liberarme para llegar hasta mi aterrorizada hermana. En aquel momento era mi mayor prioridad, más aún que mi propia vida. Aquel que tenía pinta de manejar el cotarro, el líder, un tipo agraciado y de un cabello increíblemente pelirrojo, nos reservó, literalmente, para el final. El plato cumbre, la sangre tierna y fresca. No me pasó desapercibida la mirada que le dirigió a mi hermana. Natalia, mi Natalia. Cuánto lo siento… Siento que tuvieras que presenciar cómo asesinaban a nuestros padres, desangrándolos con violencia, regodeándose en su muerte después, que vieras sus miembros esparcidos por el suelo… Te grité que no miraras antes de vomitar, pero no me hiciste caso…

Y luego yo, tuve que ver cómo aquel líder, aquel asqueroso chupasangre en los que nunca había creído que existían, me lanzaba una sonrisa de autosuficiencia antes de colocarse a horcajadas sobre ti y desnudarte en la fría noche mientras sus perros sarnosos miraban… No pude cerrar los ojos, no pude girar la cabeza hacia otro lado. Escuché tus chillidos de pánico en las despobladas calles, tus gritos ahogados cuando aquel asqueroso recorría todo tu cuerpo, primero con sus sucias manos, después con su boca. Tuve que escuchar mis propios gritos de rabia, de frustración, de impotencia, y de súplica como si me tratase de otra persona, contemplando cómo, a medida que tus exclamaciones eran más débiles, las mejillas de aquel repugnante vampiro eran más sonrosadas. Te tiró, desmadejada, muerta, a un lado de la calle mientras se subía de nuevo los pantalones y se limpiaba la boca con el dorso de la mano. Te vi en mitad de la calle, completamente desnuda, completamente inmóvil. Ensangrentada, pálida. Inerte.

Y cuando supe que pronto correría el mismo destino que el resto de mi familia, un aullido rasgó la noche. Contemplé el cielo y, en trance, me di cuenta de que era luna llena. Y otros monstruos de pesadilla aparecieron en el callejón. Se trataban de lobos, enormes ejemplares, demasiado grandes, demasiado grotescos para tratarse de animales normales. Sus ojos devolvían una mirada inteligente, y se abalanzaron con increíble precisión sobre los vampiros. Y entonces, justo después de jurar interiormente que te vengaría, mi pequeña Natalia, un cuerpo pesado cayó sobre mí, y perdí el conocimiento.

Desperté horas después. Aún era de noche, pero faltaba poco para el amanecer. En el callejón, aquel horrible y apestoso callejón, había más cadáveres que los de mi familia. Reconocí a algunos de los vampiros que seguían a aquel horrendo líder suyo. También había otras personas, y casquillos de balas en el suelo. Debían de ser algunos hombres lobo. Aquello que me había aplastado se trataba de uno de esos licántropos, muerto. Tenía una herida de bala en el pecho, y de ella salía humo siseante, como si se hubiese quemado. Debía marcharme de allí; por lo que había oído, los vampiros podían curarse, no morían a no ser que se les clavase una estaca de madera en el corazón justo antes de despertar. Así que no faltaría mucho para que volvieran a alzarse en pie. Ignoraba el motivo por el que me habían dejado vivo. Tal vez me dieron por muerto, o no me vieron por el cadáver que se me echó encima, o estuvieron más entretenidos en pelear con sus ancestrales enemigos.

El caso es que no volví a casa. Me dediqué a vagabundear, y a aprender solo a luchar, a defenderme. No se me daba mal, y el odio, la rabia y la ira me daban fuerzas. Conocí a un tipo, era un cazador. Su especialidad eran los vampiros, pero también mataba licántropos. Se llamaba Mattius, y aunque excéntrico, era asombrosamente hábil y astuto. Viví con él un tiempo, y cuando estuve preparado, me marché.

Me marché a cumplir el juramente que me hice, el de vengar a mi hermana y al resto de mis seres queridos. Y me marché a impedir que a otras familias les sucediera lo que a mí. Me marché a matar vampiros, y a todo aquello que se me cruzase por el camino con fines disuasorios.

Gustos:

¿Te refieres aparte de matar repulsivos chupasangres? Entonces algunos retazos de sus contumbres del pasado, como sentarse al lado de la chimenea a leer un buen libro, asistir al teatro o la ópera…

Disgustos:

Por supuesto, los vampiros. También le desagradan los licántropos, ya que desprecia a toda criatura que no sea humana, y además estos matan a personas; pero al menos lo hacen inconscientemente.

Manías:

Poner motes, a cada cual más estúpido que el anterior, a absolutamente todo el mundo. Irritar al resto de la gente, ha adquirido una incuestionable y fastidiosa habilidad para sacar de sus casillas a los demás.

Fobias:

Ya no le teme a nada, excepto a volver a querer a alguien, sea en cualquier tipo de amor, y perderlo de nuevo.

Otros:

Sus armas son una pistola silenciadora y munición (incluidas balas de plata, por si acaso), y dos dagas, heredadas de su padre, con valor sentimental y nombres angélicos que él mismo les ha puesto: Abrariel e Irizel. Un frasco con agua bendita, colgado en un saquillo de su costado derecho. En otro saquillo, al costado izquierdo, lleva dinero, bastante a decir verdad. Colgado a la espalda lleva un paquete, una bolsa que no refleja el contenido: estacas, madera, y una pequeña navaja para moldearla. Tiene un tatuaje en el pecho, a la altura del corazón, que pone “Amar es destruir”. En la espalda del mismo lado izquierdo está la otra mitad, “Ser amado es ser destruido”. Tiene algunas cicatrices por todo el cuerpo. El suyo, ya no es el aspecto de un adolescente, es el aspecto de un soldado.


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